21 de noviembre de 2018

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Imagen 152
Una foto pasada por agua. Años 20.

 

A simple vista, cuando se mira esta foto, se nota una gran diferencia entre el aspecto que tenía y el actual. Hoy la parte derecha junto a la torre, se ve remozada, tiene otro aspecto más del día. El Arco es hoy más amplio, más esbelto y espacioso. Pero el cambio más notable que hace cambiar la fisonomía de esta bella entrada a Aranda fue debido a la construcción del edificio Espolón que dejó pequeño al de nuestro Ayuntamiento y que, a mi juicio, no debía haber ocurrido.
Fue tomada allá por los años veinte, cuando no habían traido todavía el agua a las casas. Cuando teníamos que proveernos de ese líquido elemento diariamente a fuerza de cántaros y botijos traidos de los caños de San Francisco, de Santo Domingo o de la Fuente Minaya.
Eran los tiempos de las cantareras, aquellos artilugios de madera que había en todas las cocinas con dos o tres bocas o aberturas para colocar los cántaros. Eran también los tiempos de las tinajas donde se almacenaba el agua necesaria para las distintas necesidades domésticas.
Es natural que para abastecerse convenientemente tuvieran que echar mano no sólamente de las sirvientas sino de cuantas personas de la casa pudieran cumplir ese cometido. Por eso en la foto se ven diversas personas con su correspondiente cántaro o con aquellos carretillos de mano transportando cuatro cántaros a la vez. Y se encontraban tan tranquilos en plena carretera demostrando el escaso tráfico de entonces.
Pero eran las sirvientas las que animaban tanto aquella pintoresca estampa.
No eran como las de la zarzuela con la falda “almidoná” y los nardos “apoyaos” en la cadera. Estas sirvientas iban con la falda bien cumplidita, como se llevaban entonces, y eso sí, con el cántaro apoyado en la cadera, pero con gracia y soltura, viéndose a algunas -verdaderas artistas- que además del cántaro de la cadera llevaban otro sobre la cabeza pero con arte y seguridad sorprendentes. Y allí, en el “caño”, donde se juntaban con otras amigas, o compañeras, organizaban con frecuencia unas fiestas fenomenales. En el libro “Estampas Arandinas” se habla de forma amena y detallada de estas criadas o sirvientas en varias ocasiones, a cuyo libro remito al lector.
Pero pasó el tiempo y a poco de comenzar la tercera década, concluyó esta bonita época que podíamos llamar “del caño al coro” por llegar en buena hora, la traida de agua a Aranda, dando origen a otra forma de vivir más cómoda, más avanzada y sobre todo más higiénica, transformando los corrales de entonces en limpios patios y hasta en preciosos jardines de hoy.
SULIDIZA

 

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