22 de septiembre de 2018

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Imagen 664
Monumento a D. Diego Arias de Miranda. Año 1930.

 

Te mostramos en este número, caro lector, una imagen curiosa, curiosísima, de esas con las que uno no se piensa tropezar, y que, cuando lo hace, no puede sino asombrarse. Se trata de la maqueta original del monumento a don Diego Arias de Miranda, sito en los jardines del mismo nombre de nuestra localidad.

Todos conocemos, con mayor o menor detalle, la biografía de este ilustre prócer y paisano nuestro que tuvo un papel destacado durante los años de la Restauración. Pero, ¿qué sabemos sobre el monumento que se levantó en su recuerdo? Sospecho que pocos son los que conocen que su autor fue nada menos que Emiliano Barral, primer espada de la escultura de su tiempo; un verdadero innovador que llegó a realizar algo completamente nuevo y diferente de lo que hasta entonces se había hecho en la escultura monumental en España, cuya obra consiguió reconocimiento y prestigio a nivel internacional.

La historia de este monumento se remonta a 1929. Con motivo de la muerte del patricio, que se produjo en ese año, el Ayuntamiento de Aranda de Duero decidió dedicar una estatua al que fuera alcalde de esta villa, diputado, senador vitalicio y ministro bajo el reinado de Alfonso XIII. Con objeto de ello, se abrió público concurso, al que presentaron sus proyectos varios artistas. El elegido fue el de Emiliano Barral, un joven escultor castellano que por aquel entonces ya había realizado algunos trabajos que le otorgaron una destacada posición en el mundo de la escultura, como el memorial a Pablo Iglesias (posteriormente dinamitado por el franquismo) o el busto de Antonio Machado.

Emiliano Barral nació en Sepúlveda en 1896. Su trabajo en las canteras de esa localidad, en las que comenzó a trabajar cuando apenas contaba con doce años de edad, le puso en contacto desde niño con el arte de tallar la piedra. Siendo un adolescente emprendió un viaje que le llevaría hasta París, donde encontró trabajo como sacador de puntos en un taller de escultura y se introdujo en los círculos bohemios de la ciudad. De aquel tiempo, el propio Barral escribió: “Hice lo que otros. Me dejé crecer el pelo, me puse un sombrero grande, me até al cuello una chalina grasienta... Y empecé a gritar por los cafés que Rodin era un idiota y a no pagar a los camareros.”

(Se continuará)

 

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