25 de septiembre de 2018

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El Hotel Ibarra

 

Antiguamente, pero ya dentro de nuestro siglo, no teníamos en Aranda fábricas de harinas, pero existían en cambio varios molinos donde nos molían el trigo y nos entregaban la harina y los salvados correspondientes con los que alimentábamos nuestros animales domésticos. Quizás haya todavía más de una persona que recuerde al tío «Garrapata» que anunciaba su paso por nuestras calles con los cencerros de sus borricos que cargados con las talegas marchaba a entregar la harina o a recoger el trigo de sus clientes para moler.
Uno de esos molinos que existían entonces era de una señora llamada Modesta Orive, casada con un señor apellidado Tablado, con quien tenía dos hijos: Olimpio y Nieves.
La señora Modesta, vivaracha y trabajadora, se hizo muy popular, hasta el punto de que el molino se conocía más por ella que por su marido, tanto que todos la llamaban «la molinera».
Conviene dejar constancia de que esta nada tenía que ver con la otra del cantar, que vino posteriormente.
La señora Modesta, la molinera, tenía el molino próximo al Arandilla, al que se iba por el lugar conocido hoy por «bajada al molino», refiriéndose a aquel.
Las buenas cualidades de esta señora simpatía, emprendedora y con una clara visión de futuro la llevaron a pensar en instalar otro negocio que ella consideraba interesante por el crecimiento que auguraba a Aranda debido a su situación, buenas comunicaciones y por la reciente inauguración del ferrocarril Valladolid-Ariza. Por entonces la señora Modesta ya había contraido nuevo matrimonio en segundas nupcias con Bernardo Fernández Ibarra. Dando cuenta a su marido de la idea que tenía de montar una fonda en un edificio que levantaría junto a la ermita de la Virgencilla en la Plaza del Palacio, no debió parecerle mal, pues aunque existían los figones, casas de comidas y otras fondas como la de la «Diablilla» en Santa Lucía y la de «Quico» en la Plaza del Trigo, no había ninguna que estuviese en un lugar tan céntrico, de gran paso y que reuniera las condiciones neccomo la de la «Diablilla» en Santa Lucía y la de «Quico» en la Plaza del Trigo, no había ninguna que estuviese en un lugar tan céntrico, de gran paso y que reuniera las condiciones necesarias para atender a los futuros viajantes que ella vislumbraba en su imaginación.
Y así, madurando esta idea, se decidieron a emprender este nuevo negocio, dejando el molino en manos de su hijo, por lo que ya en nuestros días se le ha conocido por el molino de Olimpio.
La nueva fonda, que se llamó «Fonda de Ibarra», se levantó en el mismo lugar que ocupaba el Hotel que hemos conocido, pero de una sola planta. Fue orgullo de Aranda entonces, teniéndole que ampliar años después por la gran demanda que tenían, levantando un nuevo piso en toda su extensión y transformándose en Hotel como le hemos conocido hasta su demolición para levantar en su lugar los nuevos bloques de viviendas que hoy contemplamos.
Entonces no había hoteles en Aranda. Era el primero, llegando después el Ulloa y el Castilla, y andando el tiempo todos los demás que se han ido convirtiendo por la cosa moderna en Moteles, Hostales, Albergues y Paradores.
El Hotel Ibarra ha desaparecido. Ya no existe, pero en la mente de los que le hemos conocido y hasta que el tiempo o nuestra existencia lo permitan, le recordaremos con nostalgia y añoranza por tratarse de un girón desprendido de Aranda, de aquel Aranda de tanto sabor histórico y popular que los nuevos tiempos van eliminando para levantar en su lugar otros edificios, otras cosas que requiere e impone la llamada evolución de la vida.
SULIDIZA

 

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