21 de noviembre de 2018

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Convento Misioneros del Corazón de María. Año 1920.

 

La salida de la escuela de los P.P. Misioneros o de los «frailes» como vulgarmente se les llamaba, constituía para los colegiales, allá por los años quince, motivos de diversión y entretenimiento. Había épocas en que la entrada a clase se veía sorprendida por la presencia, en aquella gran Plaza del Palacio, de enormes rebaños de ovejas merinas que efectuaban allí uno de sus descansos en el largo viaje a regiones extremeñas en busca de mejor clima. Y a la salida del colegio contemplaban a placer los chicos aquellos cientos, quizás miles de cabezas, y aquellos perrazos protegidos con anchos collares de afiladas púas para defenderse del ataque de los lobos a su paso por los montes del trayecto. Como muchachos inquietos y traviesos pronto se les ocurrió arrancar a las merinas las duras «cucas», que llevaban colgando, para castigar con ellas las cabezas de sus compañeros. Tal era la cantidad que había de estos animales que cuando se marchaban quedaba la Plaza completamente negra debido a sus excrementos. Jamás los estudiantes se dirigían a casa cuando salían del colegio. Siempre se detenían en aquella Plaza -hoy Jardines de D. Diego- para jugar al «marro», al «boche» o a la tanguilla, dejando así transcurrir el tiempo hasta bien entrada la hora de comer. Pero aparte de esto existían tres motivos que coincidían con la hora de la salida y que llamaban la atención de los muchachos. Eran estos el paso del carro de los «Perreras», el posible paso de un automóvil y el coche de la estación.
Cuando aparecía el carro de los «Perreras» por el Sol de las Moreras todos los chicos suspendían sus juegos para contemplar la lucida reata que llevaba aquel enorme carro y sobre todo el descomunal caballo de varas llamado «Jorjón». Los supervivientes de entonces recordarán sin duda las grandes proporciones que tenía, aquella corpulencia, sus enormes patas con aquellas tremendas herraduras dignas de figurar en un museo. Después, este carro fue sustituido por un camión -el primero que vino a Aranda-. Y con la misma curiosidad que el carro, los muchachos contemplaban aquella novedad, aquella mole de hierro y madera, con sus ruedas macizas, con un ruido ensordecedor y una enorme trepidación que le hacía temblar como si fuera de gelatina y haciendo temblar al mismo tiempo los edificios a su paso.La aparición de un automóvil constituía también motivo de distracción ya que eran contados los que pasaban al día. Por eso al oirse la bocina de alguno, se lanzaban los chicos corriendo a la carretera anunciando su paso con grandes gritos de ¡Móvil...! ¡Móvil...! Y allí se agolpaban todos para contemplar aquel raro artefacto con los faros al aire, con los mandos y la bocina fuera de la carrocería, teniendo que llevar el conductor el brazo siempre fuera para hacer los cambios de velocidad o para tocar la bocina que lo hacía constantemente por el gran número de personas que circulaban por aquellas solitarias carreteras. El paso de un automóvil llevaba siempre tras de sí una enorme nube de polvo que levantaba sin cesar el tubo de escape en aquellas blancas carreteras. Por eso las señoras que viajaban cubrían sus cabezas con una gasa para evitar en lo posible, pero desde luego insuficientes, a los efectos de ese contratiempo. Quizás lo que más llamaba la atención de los chicos era el coche de la fonda de la «Molinera» que conducía el tío «Zabala». Hacía varios viajes al día a la estación para llevar o traer viajeros. Cuando le veían pasar, corrían tras él para montar en el estribo trasero. Esto constituía un peligro que los muchachos no veían, pues tenían que montar en marcha, en tropel, disputándose el estribo. Los que lo conseguían, dos o tres enracimados, se agarraban donde podían, pero el resto que no había logrado montar, avisaba al tío «Zabala» con los gritos de ¡Tralla...! ¡Tralla...!, lanzando el conductor repetidos latigazos hacia atrás, a ambos lados, obligando a los chavales a arrojarse al suelo, cayendo dando volteretas a causa de la inercia, poniéndose el traje completamente blanco por el enerome polvo de la carretera y lastimándose manos y rodillas al ser arrastrados en la caída. Estas eran las escenas que se veían diariamente a la salida del colegio de los frailes y que a pesar del tiempo trasncurrido permanecen todavía enla memoria de los cada vez menos supervivientes de aquellos tiempos.

 

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